Maruchi como la llamaban en el barrio había dejado de sonreír, hacía unos meses que su divertida expresión había cambiado por una mueca de miedo, vergüenza, pavor, retraimiento. Su rostro se había maquillado de un tono violáceo, sus ojos se estaban nublando a medida que venia el otoño, los estragos de la violencia aparecían en forma de cicatrices que no se borrarían jamás. Cuando salía de casa intentaba aparentar ese estado que ella anhelaba, tanto de felicidad, como de bienestar, ese sentirse querida, pero su expresión, y sus ojos la delataban. Entraba a las tiendas cuando no había clientela, ella pensaba que nadie la veía, pero todos la miraban con pena, con omisión. Todos sabían la vida que llevaba y a pesar de eso se sentían alejados de aquella realidad. Su silencio diario hacía mella en su rostro y en su vida, había sido la persona más divertida, más querida, pero el tren de la vida hizo que en una estación encontrara a su verdugo. No podía escapar era como una flor encarcelada, un ser en el borde del precipicio sin ninguna salida, la única era lanzarse al vació, estaba sola en un desierto de arena y fuego. Maruchi se había convertido en el resultado de una sociedad incontrolada, deshumanizada y sobre todo despreocupada.