CAPITULO 12

Los dos quedaron sin decir palabra, aquella habitación se había convertido en un lugar tan silencioso que apenas se escuchaban sus respiraciones, Remedios lo miraba apenada, aquella historia no debió acabar así, pero había algo que no entendía, ¿Por qué se había suicidado Richard, podían haberlos juzgado, haber ido a la cárcel, o no, sería su primera condena , pero llegar al extremo de quitarse la vida era algo muy cobarde?.
- Oye Martos, lo que no entiendo es….. ¿Por qué se quitó la vida, que era eso que le atormento tanto en aquel momento, que le paso por la mente para hacer eso? –le pregunto Remedios, tenía verdadera curiosidad.
- Mira, al principio creí que toda la culpa fue mía, que él se vio tan desesperado por algo que jamás haría, ni tan siquiera se le había pasado por su mente, era una persona importante en el mundo de la informática, estaba dentro de un circulo de personas con una conducta intachable, un reputación totalmente creíble, creo que cuando alguien está en esa clase de ambientes no puede soportar que lo tilden o acusen de hacer estafas, de vender información como si fueras un mercenario a cambio de dinero.-Martos continuo con la historia.-Un día cuando yo llevaba dos meses en el parque, alguien se acerco a mí, me pregunto si era el compañero de Richard. Yo le dije que Richard había muerto y que yo también, está persona me dijo que quería hablar conmigo, algo muy importante había sucedido en una empresa de productos químicos y quería que yo lo supiera. Cuando nombro la palabra “productos químicos” fue como si me hubieran conectado una descarga de electricidad en mi mente, me acorde de Berta Galán, aquella sensual, tímida, educada mujer que vino a comprar el primer programa. El hombre me cito en un café al día siguiente para hablar y explicarme algo que había descubierto.

- Al día siguiente fui al café Colombia, era un bar muy pequeño y normalmente no había mucha gente, entre y al final de la barra justo al lado de un ventanal estaba sentado en un pequeña mesa de mármol aquel hombre que me había citado. Entre y me senté sin más saludo que un buenos días.

- Me llamó Ginser, nadie debe saber que he hablado contigo, más te diré, se puede decir que no existo. Trabajo para una compañía del gobierno, pero nadie sabe que existo, ni siquiera los que me contrataron, solo hay dos personas en este mundo que tienen mis datos por si me pasará algo raro, ya sabes lo que les sucede a las personas que hacen trabajitos como los mios. Te he citado porque me entere por los diarios de la muerte de Richard, y me causo una gran impresión, más que nada porque Richard trabajo para mi. –Martos interrumpió al hombre.-

- ¿Qué trabajó para usted, en que? –Martos estaba nervioso-

- Bueno, yo conocí a Richard en la Universidad, era un prodigio, a los diecisiete años había creado un programa que si funcionaba podía hacer que la mayoría de los delincuentes peligrosos estuvieran localizados con una especie de chip, en todo momentos se sabría que hacían, dónde estaban y el tiempo exacto que se podía tardar en reducirlos. Pero, lo más innovador era que ese mismo chip colocado debajo de la piel podía hacer que ese delincuente quedará completamente paralizado activando uno de los sitios del programa. Aquello fue extraordinario, la policía podía reducir a esos elementos en tan solo tres segundos y detenerlos en poco tiempo, sabiendo el lugar exacto donde se encontraban. Mediante una solo persona en el departamento que supiera manejar el programa se podían evitar muchos asesinatos, violaciones, atracos de personas que estaban fichadas. Richard presentó el programa en una reunión con altos cargos del Ministerio, de la policía y de los Alcaides de algunas prisiones, todos lo acogieron con entusiasmo, pero aquello no se podía realizar ni activar en poco tiempo, Richard necesitaba toda la base de datos de la policía y del Ministerio del Interior. Eso no gusto a algunos miembros de los departamentos, era información confidencial y no podía darse a cualquiera. A pesar de que Richard tenía buena reputación, venía de una familia importante, era muy culto y con un futuro brillante no se fiaban de él. Yo era entonces el delegado de gobierno en asuntos penitenciarios, llevaba todo lo referente a los presos más peligrosos, terroristas y violadores. A mi particularmente me pareció un verdadero adelanto, había presos que cuando salían en libertad no tardaban ni dos días en volver a delinquir, eran los llamados irrecuperables, y muchas veces no podías volver a encontrarlos hasta pasados meses o años, en los cuales habían dejado un reguero de muertes, de personas inocentes. Eran personas con enfermedades mentales, que no se curarían jamás, pero cumplida la pena no podíamos retenerlos mas tiempo. Intenté en varias ocasiones convencer a los altos cargos, pero no hubo suerte. El precio del programa era demasiado caro, entonces Richard pidió ciento veinte mil euros, muy caro si, pero en realidad se podía amortizar en muy poco tiempo. Los gastos de juicios, detenciones, e indemnizaciones a las familias eran unas cantidades que el Estado no podía permitirse.
No aceptaron, entonces yo quede con Richard en utilizarlo pero en encubierto, intentaría sacar fondos poco a poco e ir pagando el programa. Richard aceptó, y me entrego el programa, nos veíamos todas las noches en el departamento cuando todos se habían ido, para que me aleccionara de su funcionamiento. Yo cada día iba introduciendo en la base de datos, todos los informes, nombres, detenciones, direcciones, años de condena, perfiles sicológicos y físicos de los presos y delincuentes, jueces, abogados defensores y abogados de la acusación, que la policía tenía además me introduje en los ordenadores del Tribunal y los Juzgados. Al cabo de seis meses tenía una base de datos impresionante, y empezamos con la misión. Contratamos a dos hombres, habían trabajado de policías y ahora retirados por obligación servían para trabajos no aptos a la legalidad, pero a mi me hacían muchos favores. Empezamos por todos aquellos que estaban en libertad condicional o que habían cumplido su pena, pero que seguían haciendo lo mismo de siempre, volver a delinquir. Simplemente tenían que acercarse a ese tipo y con disimulo introducirle con una pequeña aguja en la parte trasera de la oreja, no lo notaría porque la aguja era muy fina. Así, empezaron los dos, cada día en el momento que se les inyectaba ese pequeño objeto, el ordenador se activaba y empezaba su rastreo. Entonces le pregunte al hombre que relación tenía Galán con todo esto que me estaba contando, el me dijo que fuera paciente y siguiera escuchando.