CAPITULO 2
Eran las siete de la mañana y se había dormido, saltó de la cama como si fuera una liebre escapando del cazador en medio de un campo de trigo, en varios minutos se lavo la cara, se peino y salió corriendo dirección a la oficina. Hoy iba a ser un mal día, siempre que empezaba el día corriendo sucedía algo, bajo las escaleras por no esperar al ascensor y al salir por la puerta choco improvisadamente con un transeúnte que pasaba en ese momento por delante de la puerta número 252 de la calle Betthoven. El pobre hombre cayó como una losa en la acera, Remedios asustada fue a ver como estaba y a ayudarle a levantarse del suelo.
El hombre enfadado, gruñendo empezó a insultarla sin apenas dejar que está abriera la boca para disculparse. Ella no hizo caso de su mal humos, lo ayudo a levantarse aunque este le daba manotazos para que lo soltara.
Se disculpo, el hombre siguió por la calle refunfuñando y maldiciendo a aquella mujer. Ella se había hecho daño, pero con las prisas y aquel incidente se le olvido. El autobús tardaba más de lo normal, estaba que saltaban chispas, ya llevaba varios días llegando tarde, estaba nerviosa porque no podía perder el trabajo que tanto le había costado encontrar.
Por fin, el autobús paró, ella subió pago el billete y se sentó en el último asiento, como hacía siempre. Tenía la creencia de que si el autobús chocaba los pasajeros de las primeras filas eran los que más daños sufrían.
Remedios trabaja en un despacho, hacía diez años, estaba de encargada de los servicios de facturación, teléfono y atención al cliente. Era una persona con dotes de gente, y estaban contentos con ella. Le había costado mucho superar todas las pruebas que habían puesto para poder acceder a este puesto, pero su tesón y su positividad habían hecho posible ese sueño que ella siempre había tenido.
Remedios vivía en la calle Bethoven, era soltera y no tenía cargas familiares, sus padres vivían a unas tres horas de la ciudad y no tenía hermanos, así que su vida era incontrolable, era lo que ella más valoraba. Había pasado varias experiencias con parejas que lo único que conseguían era que ella los dejara. Los celos, las imposiciones, y sobre todo la falta de cariño eran las tres características que en todos los hombres de Remedios habían fallado. A veces, pensaba que era demasiado exigente, pero porque no, ella podía elegir, escoger y vivir con quien quisiera.
A la hora del almuerzo Remedios salía a la calle, necesitaba respirar aire, no soportaba estar metida en la oficina durante cinco horas, así que era la única que aprovechaba para bajar al parque de la calle Verdi, era un parque muy grande, tenía árboles de varias especies y colores, un pequeño lago con patos, y mucha pobreza, en el se podía reflejar la miseria de algunas personas que vivían cerca de aquel lugar, por no tener donde ir. Remedios era muy abierta y hablaba por los codos, no le importaba la raza, la clase social, si era pobre, vagabundo, ella hablaba con todos. En todos los años que llevaba en el despacho había conocido a muchas personas que cada día estaban en el parque, algunos llevaban más de veinte años, se habían hecho con cartones, en algún rincón apartado “su apartamento”, como decía ella, allí vivía Martos, era uno de los inquilinos más antiguos del parque. Tenía cuarenta y cinco años, tres más que Remedios, llevaba en el parque más de veintidós años.
La única que sabía su historia personal era ella, Martos había pasado muchas horas hablando con Remedios, cuando por la tarde ella acababa de trabajar se sentaba con él. Hablaban de todo, porque Martos no era un inculto, no era un vagabundo normal, Martos había tenido de todo, familia, trabajo, una casa, pero un desafortunado incidente en su vida, hizo que lo perdiera todo.
fuenalvaro



Hola, Marola...Esto promete, me va gustando la historia. Tienes mucho "tema". Vamos a ver que nos cuentas..
Besos.